martes, 3 de enero de 2012

>nadaimporta
Cómo ser un hombre de bien. El desayuno
Sin rodeos.
Cansa un poco ya la cantinela de las princesitas, los portazos, las bragas con encaje y las respuestas, cómo cansa el ruido y las tragedias de a cuarto. Es preciso -urgente- un poco de aire. De ley y rutina.

1. Un hombre de bien madruga.
Hablo también de festivos y días de asueto. Un hombre, digo, se levanta temprano y brega su jornada al ritmo del sol. Quedan excusados los días -evidentemente- de resacas salvajes y faldas con champán.
Pero no hay excusas para el resto de sábados molientes. ¿Qué haces en la cama hasta las doce? ¿Qué coño eres si no, italiano? ¿Andaluz?

2. Higiene y perfume.
Un hombre de bien comienza el día frente al espejo. Todo lo demás es abulia y erasmuseo.
Utiliza siempre el mismo gel, la misma crema hidratante, la misma espuma de afeitado y el mismo aftershave. ¿Que por qué? Porque no eres Julia Roberts ni una jodida bloguera de moda. Eres un hombre y, como tal, te aferras a tus rutinas como perro a su almohada. Es más, te gustan. Adoras la rutina. Las rutinas son los muelles y el rochete que hacen funcionar el reloj de todo hombre de bien.
Olvida la modernidad en el perfume. Nada de cítricos, florecillas ni papayas ni aromas chispeantes. Mejor calidez, especias, sándalo e intensidad.

3. El desayuno. Nada de mariconadas.
Un hombre de bien no desayuna cereales, ni una pieza de fruta -siendo el kiwi la última de las frutas que un hombre debe desayunar- ni siquiera mermelada de frambuesa. Que no estás en crucero de luna de miel, demonios. Café caliente como el infierno, pan tostado con aceite de oliva, tomate rallado y quizás repostería recién comprada en el horno. Y también, por qué no, un zumo de naranja natural.
Un hombre de bien no gusta de cháchara en el desayuno. Es un momento de paz, reflexión y lectura. Un momento mágico, en el que la cafeína toma tus venas al son del negro sobre blanco y el crujir del pan entre los dientes. Escribía Manuel Vicent que “Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas”.

La de todos, amigo.