lunes, 26 de marzo de 2012

>nadaimporta


Ser crudófilo es mirar de frente.


Ser crudófilo es cruzarse. Estar tranquilo. Defender tu casilla. Quedarte quieto.


Ser crudófilo es amar los relojes mecánicos y las películas en V.O. Comer mejillones en Bruselas y ortiguillas en Sanlúcar, porque hay que ser tonto para patear, no sé, la Ribera del Loira y acabar pringando la pasta y la salud en el Hard Rock de turno.


Ser crudófilo es pedir la carne -casi- cruda, el pescado poco hecho y el gin-tonic sin rodaja de limón. Sólo corteza. Ser crudófilo es preferir la chicha a la salsa, la verdad a la mentira y el papel a las pantallas electrónicas. Anteponer el saxo a los sintetizadores, los bares al Facebook y el sol a los reflejos.


Ser crudófilo es amar los vinos ecológicos y el viñedo biodinámico, esos que respetan las cepas autóctonas y el ecosistema que las ve crecer. Como esos viticultores que intuyen que el duende del vino se esconde en el terruño, no en la bodega ni mucho menos en el diseño de la etiquetas de esos caldos sin alma, fotocopias firmadas por bodegas industriales. Terroir, en pocas palabras, significa defender lo que eres, y no lo que deberías ser.


En la mesa, ser crudófilo es defender el tiempo y el suelo. La cocina sostenible, honesta y cabal. Es volver a los orígenes del sabor y el saber. Kilómetro 0. Ser crudófilo es respetar a esos cocineros que viven pensando en hortalizas, vegetales, mercados, trazabilidad y compromiso. Un pedazo de verdad en la mesa en un hoy saturado de avatares y disfrazes.


Ser crudófilo no es un color, ni un voto ni siquiera una bandera. Es estar tranquilo, follar sucio, vivir limpio y defender tu derecho a pegarle una buena hostia al mierda de turno.


Ser crudófilo es no andarse con gilipolleces.